Comparto un texto muy lindo que me llegó, del dramaturgo Jean Luc Lagarce. Lindo lindo, para pensar...
"Y a veces me siento impotente. Inútil, incapaz de todo, quieto, sin poder hacer nada más, hacer o decir. Ciego, sordo y, aún más, imbécil, silenciado por mi propia imbecilidad. Esperar y soportar mi impotencia. Sentirme despojado y tener que renunciar. Inmóvil en la incapacidad de tomar la palabra, de prolongar el discurso, de contestar, de decir dos o tres cosas imaginadas en soledad y que creímos esenciales.
Y a veces me siento inútil ante el Mundo.
No escuchar los rumores, la arrogancia omnipresente de los rumores, no comprenderlos, no comprenderlos o no admitirlos, imaginarlos de otra forma, saber que debemos, que es mi deber - pronunciar esta palabra: deber - saber que es mi deber decir las cosas de otra manera y no dejar, sin embargo, de aferrarse a esos reflejos. No saber mostrar a la gente tal como la vemos o como la imaginamos, no saber mostrarla, no saber siquiera mirarla, perder su secreto sin poder hacer nunca nada.
Ser frágil y estar desamparado frente a los ruidos de la Guerra, los ruidos horrorosos y cercanos de la Guerra, oírlos, creer oírlos y no saber traducirlos, tomarlos y darlos, devolver la incertidumbre exacta. Estar ahí, incapaz de decir la verdad.
La fuerza terrible del poder, su potencia cínica, su arrogancia, su ironía y la calma seducción con la que nos aplasta, no lograr enunciarla, escribirla, mostrar su simple y sorda violencia.
E intentar, sin embargo, atrapar todo eso, luchar contra mi inadmisible deseo de renuncia, mi egoísmo, mi complacencia ante mi propia historia, contra el confort desenvuelto que me acecha, contar el abandonarme a veces a la conciencia limpia.
Ante mi propia impotencia, mi desarraigo, buscar convencerme a mi mismo y seguir, resistir, avanzar a pesar de otros desarraigos aún más grandes, más dolorosos, más secretos, prohibidos, sin poder hablar. Estar en la ciudad, entre los otros, tener el derecho inmenso de poder hablar, ser responsable de este orgullo, ser conciente de mi capacidad. No tenerle miedo a mi propio desequilibrio, a mis dudas.
Contar el Mundo, mi parte miserable e ínfima del Mundo, la parte que me toca, escribirla y ponerla en escena, construir apenas, una vez más, la chispa, la dureza, hablar con lucidez de la evidencia. Mostrar en el teatro la fuerza exacta que nos atrapa a veces, ésa, exactamente ésa, los hombres y las mujeres tal como son, la belleza y el horror de sus conversaciones y la melancolía que los invade de pronto cuando esta belleza y este horror se pierden, huyen y quieren destruirse a sí mismos, espantados ante sus propios demonios.
Decirle a los demás, buscar la luz y volver a decírselos, otra vez, decirles la gracia suspendida del encuentro, la detención entre dos seres, el instante exacto del amor, la dulzura infinita del sosiego, intentar decirles en voz baja la pureza perfecta de la Muerte, el rechazo del miedo y el grito frecuente del odio, el grito, nuestro pánico y nuestra angustia infantil, y esconder la cabeza entre las manos, la fatiga de los cuerpos después del gozo, el cansancio que precede al dolor y el agotamiento que sigue al terror".
De "Sobre el lujo y la impotencia" de Jean-Luc Lagarce